Archivos para febrero, 2018


Serpiente Negra cambia en esta ocasión su registro musical para volver a sorprender con un concierto que, si bien no es lo que habitualmente llena sus llamativos carteles (tanto en lo físico como en lo musical) supuso una interesante propuesta para el inquieto público que sigue cada uno de estos sabiendo que bajo este sello va a encontrar el mejor rock’n’roll de este lado del Genil.

El “plato fuerte” de la noche, desde Costa Rica, unas Robertas que ya habían puesto al día a los oyentes de Rne3 la tarde anterior sobre los pormenores de la gira que les ha traído de nuevo a España presentando “Waves of the New” (The John Colby Sect / Burger Records / Buen Día Records) publicado conjuntamente por el sello español y el mexicano, y con el que han pasado ya por México, Costa Rica, Estados Unidos y parte de Europa.

El grupo, que ya pasó en 2011 por el Primavera Sound factura un garage de corte melódico en perfecta convivencia con el noise y el power pop configurando un sonido que, si bien no sorprende por originalidad (pueden recordar a otros grupos similares), sí ha sabido asimilar lo mejor de sus fuentes para configurar su propio estilo y ahí es donde radica la atracción que despierta este trío, en haber conseguido una apropiación -no indebida- de lo que ya se estaba haciendo para refrescarlo y darle su personalidad.

Aunque les costó un poco desmelenarse, de hecho hasta el final no las vimos dejarse llevar del todo, Las Robertasdemostraron que se puede llamar la atención por el buen hacer musical especialmente en la recta final de un setlist que fue girando hacia un surf más underground, psicodélico y bailable para rematar su concierto dejando muy buen sabor de boca tras su demostración de talento para hacer versiones o su personal homenaje a Lou Reed con  “I Wanna Be Like You, Lou”, último corte de su disco.

Eso sí, antes de que ellas ocuparan el escenario, The Ghost Wolves habían sido un disparo a quemarropa, un puñetazo de fuzz en mitad de la cara y una lección de actitud y capacidad de hacer un concierto de elevada intensidad con dos acordes y mucho ruido. Eso sí, imprescindible, para conseguir ese shock traumático-musical, la contundencia y precisión de una batería que marcó el pulso de un repertorio de pocas variaciones musicales pero mucha tensión sobre las tablas.

El dúo, formado en Austin (Texas) en 2011 por Carley (guitarra) y Johnny (batería) empezó de forma muy modesta y sin pretensiones con intención de tener un grupo de punk-blues cuyo objetivo principal era tocar “muy alto”. Y digo si lo consiguieron, anoche, en Planta Baja, salvajes y desatados hicieron todo el “ruido” que se puede hacer con una guitarra (sus correspondientes pedales) y una batería.

Claro que, la personalidad arrolladora de una Carley dinámica e indomable nos mostró anoche cómo el lobo puede esconderse bajo la piel del propio lobo y facturar un espectáculo donde Debbie Harry, Nick Cave o The Cramps conviven en la menuda pero poderosa figura de Carley, maestra de ceremonias inquieta que coquetea con un blues irreverente con el que juega y experimenta para conseguir un sonido propio en el que tienen cabida hasta los preset electrónicos con los que Johnny añade matices y complejidad a los temas mientras marca de forma sólida el ritmo, demostrando las tablas que se acumulan como batería junto a leyendas como Greg Ginn o Junior Brown.

Nos marchábamos así, con el blues y la psicodelia en el cuerpo, sorprendidos por los texanos y en espera de la próxima sorpresa en forma de serpiente, siempre oscura, siempre negra que seguro nos volverá a hacer bailar a pie de pista sin dar crédito, a veces, a lo que sucede sobre el escenario.

CRÓNICA: María Villa
FOTOS: David Moya (1) / Enrique Arias (2, 3, 4 y 5)

Como penitentes en procesión, con BoogaClub sumergida en la oscuridad y el Réquiem de Mozart sonando con fuerza, la apoteósica salida de El Altar del Holocausto debe haber copado las redes sociales a juzgar por la cantidad de móviles que recogieron el litúrgico momento que sirvió de intro a esta banda de post metal-doom-experimental que se auto adscribe a Jerusalén como ciudad de origen (aunque son salmantinos), se describen como católicos  y portaban una maltrecha cruz de guía desde camerinos hasta el propio escenario.

Así comienzan, al menos en Granada, los espectáculos de una banda que ha encontrado en su peculiar atuendo que no, no se parece en nada al del Ku Kux Klan, aunque parte de los asistentes al concierto lo afirmaran. Lo que está claro es que saben explotar el rollo penitente, la simbología pseudo cristiana y la contundencia de un doom metal que alterna momentos desgarradores con silencios incómodos para crear en el público un desasosiego muy propio de la propia liturgia.

De manos de Tras la Cortina, promotora que no se ciñe a un estilo musical, sino que sorprende con apuestas arriesgadas siempre originales y llamativas, El Altar del Holocausto llegó con sus atmósferas pesadas y oscuras en la que los silencios sepulcrales contrastaban fuertemente con la contundencia de unos temas donde las distorsiones reinan en la ceremonia que presenciamos sobre el escenario.

Un punto fuerte del grupo, la credibilidad que dan a toda la parafernalia escénica en la que siguen su propio argumento a pesar de que el público rompía algunos interesantes silencios con vivas a Fray Leopoldo o a la Blanca Paloma (esto último sí podía venir a cuento para los seguidores que hubieran leído su post en el evento creado para publicitar el concierto). Entre medias, gritos de “Hermanos” y la firme intención de expandir su credo a través de unos temas instrumentales con capacidad de crear el ambiente adecuado a todo lo que estaba sucediendo sobre el escenario.

Atentos a sus próximas estaciones de penitencia, al grupo hay que escucharlo en directo para entender que “algo tendrá el agua cuando la bendicen” porque, este tipo de conciertos, a veces es difícil de contar después de haberse vivido con intensidad y haber pecado, junto a ellos, “de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Tremendos.

Crónica: María Villa
Fotos: PerseFone

Dentro del ciclo de conciertos en el que, de enero a marzo, Taberna J&J ofrecerá conciertos muy variados los jueves, anoche fue el turno de Antonio Luque, o lo que es lo mismo, su alter ego musical, Sr. Chinarro. En solitario, frente a un público que había agotado entradas anticipadas y que completó allí mismo el aforo planificado para estos eventos por el local (unas 100 personas), un Antonio Luque armado de guitarra y buen humor comenzó uno de esos conciertos íntimos, especialmente por el formato acústico y cercano, en los que sus fans disfrutan no sólo de la música, sino de todo lo que es en escena Sr. Chinarro.

Vinculado a Granada desde que grabó “El fuego amigo”, elegido mejor disco español del año 2005 por Rockdelux. Un disco con el que dio una vuelta de tuerca a su música y entró en el circuito de un indie por entonces realmente independiente. Producido por J (Los Planetas), supuso, sin dudas, esa entrada en “la madurez” del músico. A partir de ahí Sr.Chinarro-Granada ha sido un binomio que ha funcionado a la perfección, hasta el punto de que actualmente su banda procede de aquí (ensayan en Sala El Tren, por más señas) y sigue facturando estupendos trabajos en esta Granada con la que tan buena relación tiene.

El último de ellos “El progreso” (El Sergell de Primavera, 2016), también ‘producto local’ con denominación de origen grabadas precisamente con esa banda compartida con Pájaro Jack y con J. nuevamente en la producción. Un disco registrado en El Refugio Antiaéreo, en el que también podemos escuchar la guitarra de Florent y la voz de Soleá Morente para no poner en duda su adscripción a esta tierra de extraño sentido del humor.

 

Con una amplísima producción musical, recogida en una buena cantidad de discos, tras echar “Unos cuantos balones fuera” afirma que “Quiero hacerlo mejor”. Y, quizás ahí, nos ponga sobre la pista sobre lo que puede ser su carrera musical de ahora en adelante, aunque ¿qué es hacerlo mejor cuando tienes cientos de canciones de letras cargadas de honestidad? difícilmente podrá hacerlo mejor que anoche, en contacto directo con un público que permaneció bastante atento (para lo que suelen ser los conciertos últimamente) y ante los que fue soltando, poco a poco, todas esas historias de vida y experiencia que ha llevado a sus discos.

Un repertorio bien elegido, aderezado con comentarios en tono humorístico, los consabidos bises y sensación general de haber asistido a un concierto bastante especial, poco más se le puede pedir a un jueves noche en Granada. Atentos a los siguientes conciertos, en Taberna J&J van a seguir ofreciendo conciertos muy interesantes. Por ahora nos quedamos con el éxito de afluencia que supuso tener allí a Sr. Chinarro, uno de esos clásicos contemporáneos que, donde va, triunfa.

Crónica y fotos: María Villa

El de Ramón Rodríguez es un proyecto de esos en los que se intuye que todo está muy pensado para que el resultado sea óptimo. Perfeccionista y singular, si bien comenzó con sonidos más pop (ayer mismo decía que “cuando haces pop, sí hay stop”), The New Raemon fue girando hacia un sonido más personal, que él mismo contaba, al principio no gustó y ahora gusta mucho.

Más relajado que en otras ocasiones que ha pasado por nuestra ciudad, anoche Ramón Rodríguez mostró una faz especialmente simpática, bromeando sobre distintos temas y acogiendo de buen grado las broma, a veces pesadas, de alguna gente del público (lo de pedirle la gorra repetidas veces por parte de un fan fue cansino) y contestando con gracia a quienes decidieron interactuar con él desde abajo.

No significa eso que no callase al público, supongo que esa es una de las cosas que uno sabe que va a pasar en sus conciertos, ya empieza a ocurrir también con otros artistas y los que vamos a los conciertos a disfrutar de la música lo agradecemos mucho, ¿por qué no decirlo?

Ahora, diez años después de dejar atrás Madee y el resto de proyectos que supusieron sus primeras incursiones musicales, The New Raemon llegó anoche para quemar la memoria, que es también una forma de repasar, revisar y darle una vuelta de tuerca a todos sus álbumes anteriores.

De prácticamente todos ellos escuchamos anoche temas, unos pocos (tres, según él mismo) alegres y otros cargados de esa melancolía tan personal de la que están hechos la mayoría de sus temas. Aunque, realmente, los temas no son tan tristes como él afirma. O quizás, desde fuera, todo el despliegue musical nos hace sentir alegres hasta los temas más tristones. Y es que ayer, a esa banda virtuosa y discreta que le acompaña con Pep Masiques (bajo), Pablo Garrido (guitarra), Salvador D’Horta (batería) y Marc Prats (teclado) se unió un impactante percusionista que forma parte de la banda en esta gira, el grandísimo Marc Clos, un músico que consiguió hacerse con la atención del público, especialmente de las primeras filas.

Le aporta Marc Clos todos los matices que se pueden conseguir con un músico capaz de tocar prácticamente a la vez xilófono, caja, platillos, todo tipo de percusiones de mano (se me escapa el nombre de toda la variedad que sacó a escena), una suerte de uñero hecho a base de semillas de gran tamaño, panderetas e incluso un riq turco y todo ello sin interferir en la base rítmica de un siempre certero y contundente Salvador D’Horta que también destacó por su maestría en la batería.

Maestría también, discreta y “silenciosa” la de Marc Prats a los teclados, una pieza imprescindible para conseguir el empaque y la compleja sonoridad que pudimos disfrutar anoche en un concierto en el que, naturalmente, la protagonista era la voz y la solvencia musical de Ramón Rodríguez.

No faltaron entre sus temas prácticamente ninguno de los que los fans piden en los conciertos, como “Oh, rompehielos”, “La cafetera”, “Sucedáneos”, “Reina del Amazonas”, “Lo bello y lo bestia”, “El fin de la resistencia” y otros muchos que forman parte de su historia musical. Y, aunque avisó con tiempo que no habría bises, sí dedicó una parte del concierto, él solo, con la acústica y tras volver a pedir silencio para poder escuchar esos temas que iban sin banda, a tocar su versión “Te debo un baile”, de Nueva Vulcano, de la que bromeó diciendo que, la canción por la que más se le conoce no es suya, aunque tiene cientos de canciones que sí lo son y una versión de McEnroe, antes de dar paso de nuevo a la banda y despedirse con un apoteósico “Tú Garfunkel” con el que cerraron un concierto de esos de los que te marchas con la sensación de haber disfrutado de verdad de buena música.

Crónica y fotos: María Villa