Camino a Santiago: Etapa 18 (12-03-2007): Carrión de los Condes-Sahagun (38,9 km)

Publicado: abril 22, 2007 en OTROS DICEN...

Autor: F. Cárcamo.

Hacía casi 6 meses que dejábamos Carrión de los Condes adelantando nuestro regreso a Zaragoza como secuencia del huracán Gordon y de un espectacular chaparrón acompañado de fuertes vientos. El regreso al Camino lo hacíamos ahora con unos magníficos pronósticos meteorológicos que se iban a confirmar a lo largo de las nuevas 5 etapas que íbamos a acometer: estábamos a 402 km de Santiago y pretendíamos terminar en Astorga a “solo” 260km.

En esos 6 meses, se había acrecentado la fama sobre la forma de hacer el Camino por parte de Os Andarines d’Aragon y ya no era suficiente el apoyo de una furgoneta de 9 plazas: en esta ocasión se iba a añadir una Renault Kangoo de 4 plazas conducida por un Jesús Arenas que no tenía la rodilla como para hacer muchos kilómetros andando. Y como nuevo peregrino se incorporaba Luis García.

Esta forma de hacer las cosas lleva aparejado un peaje: 400 km de viaje a la ida y casi 550km al regreso; pero además, la “necesidad” de comenzar a caminar a buena hora (¿qué significará “buena” hora para algunos?), hacía que la recogida de peregrinos comenzara a las 3:25 horas y que todos tuviésemos que llegar al punto de encuentro (Aragón TV) a las 4 de la madrugada. En fin, que donde manda presidente no manda marinero.

Menos mal que el presi había previsto una parada técnica en el área de descanso de Tudela para tomar un café caliente. Pero José Luis pasaba por Tudela como una exhalación, y lo mismo por Logroño, Nájera, Burgos,…, amanecía sin el café, y solamente la llegada a Carrión de los Condes nos daba una ligera esperanza de poder cumplir las previsiones teóricas. Un conato de motín nos permitía entrar en el bar España (no podía llamarse de otra forma) y tomarnos un café con leche y un croissant.

Tras ponernos el calzado de peregrino, teníamos por delante una dura etapa de 37kms con rectas y rectas sin sombras hasta llegar al ladrillo mudéjar de Sahagún. Por eso es importante comenzarla mentalizados de que el viento y el sol pueden convertirse en enemigos y de que los 18 primeros kilómetros (entre Carrión de los Condes y Calzadilla de la Cueza) van a ser duros. Una posibilidad teniendo vehículos de apoyo es caminar los 6 primeros kms hasta las ruinas de la Abadía de Santa María de Benevívere, allí almorzar los habituales huevos fritos y saltarnos después los 12 kms que llevan a Calzadilla de la Cueza.

Las opiniones están divididas: los más puristas defienden que debemos hacer la etapa completa, otros defendemos salir caminando desde Carrión y llegar hasta Benevívere, y otro bloque defiende que lo más importante es llegar hasta Sahagún aunque sea sacrificando una parte de la etapa. Finalmente gana esta última opción y los vehículos nos dejan en un suspiro en Calzadilla de la Cueza, a 17km de la salida. Por lo menos, el hecho de no tener todavía pan tierno impide la visión de unos peregrinos zampándose unos huevos fritos sin haber caminado ni un kilómetro.

Calzadilla de la Cueza está bañada por los ríos Cueza y San Miguel; han aparecido vestigios romanos, en concreto la Vía Aquitania pasaba por aquí mucho antes que la Ruta Jacobea. En la iglesia parroquial de San Martín se conserva un hermoso retablo renacentista del siglo XVI procedente del antiguo monasterio de Santa María de la Tiendas, gran abadía y hospital de los Caballeros de la Orden de Santiago. El nombre se debe a las carpas de tela que se usaban para acoger peregrinos.

Desde este punto, para llegar a Sahún deberemos pasar Ledigos y sus tapias de adobe y sus imágenes de Santiago, Terradillos de los Templarios, la antigua población mudéjar de Moratinos, San Nicolás del Real Camino con una preciosa talla románica de la Virgen y ya en la provincia de León, a orillas del río Valderaduey, se halla la sugestiva ermita de la Virgen del Puente.

Comenzamos a caminar a buen ritmo después de escuchar una sentencia de Antonio Pérez (desde la etapa de Hontanas, alias “el kazajo”): “hay que caminar desde el orto al ocaso”. El camino ha quedado enterrado por la N-120, por lo que se ha habilitado un andadero paralelo a la carretera; la mañana es muy agradable (casi fresca) y en poco más de una hora llegamos a Lédigos, pueblo pequeño de un centenar de habitantes y de tapias de adobe. La iglesia parroquial está consagrada a Santiago y en ella se encuentran tres diferentes imágenes de Santiago: matamoros, peregrino y apóstol.

El “equipo de apoyo al peregrino” ha buscado un lugar en un merendero a la salida del pueblo, ha montado el tinglado de los huevos y Donato ha comenzado a despejar el camino hacia el interior del jamón de cerda que siempre nos acompaña; todo ello con un plato de cebolla que está un poco “viva”. Finalizamos con unos cafés en el bar-tienda del pueblo.

Retomamos el andador que nos llevará hasta Terradillo de Templarios. En el trayecto veremos los famosos palomares de Tierra de Campos, curiosas construcciones tradicionales de adobe, generalmente de planta circular, con tragaluces para la entrada y salida de las aves pegados a los aleros. En el interior disponen de alrededor de un centenar de nichos para la nidificación y un comedero sobre plataforma próxima al techo. Su finalidad era la cría de palomas para la venta de pichones y la producción de palomina (excrementos de paloma usados como fertilizantes y abonos).

Terradillos de los Templarios está apenas a 4 km de Lédigos. Como bien dice su nombre, evoca la presencia de los frailes guerreros. Junto al río denominado Templarios, existió, en el siglo XII un Hostal de peregrinos, que llevaba el nombre de San Juan, custodiado por los caballeros de la Orden del Temple. Hoy está totalmente derruido y tan sólo algunas piedras y enterramientos dan fe de su existencia. Su parroquia de San Pedro guarda un interesante crucifijo del siglo XIII. El Camino original nunca pasó por el pueblo, sino unos 700 metros al sur, entre dos poblaciones hoy inexistentes.

Justo a la salida de Terradillos hay que valorar las dos opciones que se plantean para llegar a Sahagún: o el andador paralelo a la carretera nacional o el antiguo itinerario que pasaba por Moratinos y San Nicolás del Real Camino, dos pueblos históricos por donde transitaba la ruta medieval. Por fortuna, elegimos la opción medieval, visitamos Moratinos y cruzamos la línea que separa Palencia de León y que está marcada con un gran hito.

En San Nicolás del Real Camino se encuentra el albergue de Laganares regentado por Marisa. El albergue está cerrado y Rafael se dirige a una persona mayor que vive frente al albergue para interesarse por el tema; el diálogo que mantienen ambos es más o menos así:
Rafael: ¿no está abierto el albergue?
Lugareño: no, hace dos meses que no viene Marisa
R: que se le asoma el canario
L: hace dos meses que no viene Marisa
R: ¡que lleva la braguetera bajada!
L: no dice nada y se sube la braguetera.

Y ya que hablamos de braguetas, hay que resaltar el hecho que Gallego ha dicho “¡basta!” a las bromas (o insinuaciones cariñosas) que desde hace semanas le dirigen tanto Santafé como Donato. Y es que el presi es muy recto y no quiere que se le desmanden los asociados en lo que queda de Camino. La anécdota continuará en la siguiente etapa…

Después de pasar Bercianos, la primera gran ciudad del Camino en León se enorgullece de un pasado esplendoroso cuando fue llamado el Cluny español: Sahagún, la ciudad de los santos Facundo y Primitivo, legionarios romanos convertidos al cristianismo, que fueron martirizados y arrojados al río Cea en tiempos de Diocleciano; el nombre de Sahagun es una contracción de Sanctus Facundus.

En la Edad Media, Sahagún se hallaba bajo el influjo total del monasterio de San Benito; la dominación del monasterio era tal que llegó a imponer penitencias a los sahaguninos tales como la prohibición de comer carne, teniendo entonces que comprar el pescado a los monjes, que mantenían unas cuantas piscifactorías. Dice la leyenda, que ante eso, comenzaron a arrojar los cerdos al río para poderlos pescar y comer pescado sin romper la penitencia.

La llegada a Sahagún se realiza en dos grupos: el de los “rápidos” y el de los “lentos”; este hecho se repetirá el resto de las etapas, tanto en el punto de llegada como en las paradas intermedias. Unos justifican a los “rápidos” en que no pueden caminar más despacio, otros achacarán a los “lentos” que pierden tiempo en charlar y en hacer fotos. Posiblemente todos o ninguno tengan razón, y tengamos que dejar un margen de libertad para que cada uno pueda hacer “su” Camino.

El albergue ocupa casi por completo la antigua Iglesia de la Trinidad, precioso edificio del siglo XVI que ha sido reconvertido en centro cultural, oficina de turismo y albergue. La hospitalera nos da una cálida bienvenida y nos informa eficientemente sobre lo que podemos visitar en el pueblo y en los alrededores. Unas grandes escaleras de madera nos conducen a la planta superior donde se encuentran las 64 literas separadas en camaretas de 8, las duchas y servicios, la cocina y el comedor; la nota del albergue en su conjunto sería excelente si no fuese por el frío que reina y que nos va a impedir realizar la cena en el mismo. Como estamos solos (por la tarde llegarán dos alemanas), no tenemos problemas y podemos dormir todos en las literas inferiores.

La comida ya ha sido encargada en un hotel a las afueras del pueblo: por 9 euros disfrutamos de un excelente menú del día (aunque no termine de complacer al presi), y comenzamos a percibir la utilización que del pimentón hacen en toda la región. La relación calidad/precio es tan satisfactoria, que al regreso a Zaragoza volveremos a este restaurante para hacer la última comida.

Después de comer, seguimos las indicaciones de la hospitalera y realizaremos una visita turística a dos pueblos muy próximos a Sahagún. Primero visitamos Grajal, población medieval con un curioso castillo cuadrado con torres almenadas en las esquinas, un palacio renacentista y una iglesia de la misma época con una torre de 5 esquinas (por culpa de un edificio cercano que obligó al arquitecto a realizar un encaje y comerse un trozo de una de las esquinas de la torre). Rafael consigue localizar al alcalde de Gramal que gustosamente nos enseña los tres edificios y nos da un curso de cómo debe ser un guía turístico. Ciertamente ha sido encomiable la labor restauradora en el palacio y en la iglesia, y confiamos en que sigan llegando las ayudas económicas para continuar el trabajo (y más vale que le lleguen, porque si confía en la ayuda económica que nosotros dejamos en la caja… ¡va listo!).

Tras Grajal, nos acercamos a San Pedro de las Dueñas donde hay un monasterio de monjas de clausura con una bellísima iglesia románica de 3 naves del siglo XII, de las que una es para el culto público y las otras dos pertenecen al monasterio; nuevamente Rafael consigue que la abuela que tiene la llave nos abra la iglesia. Allí dentro, una monja diminuta está rezando en un rincón y Rafael y yo podemos hablar con ella: tiene 74 años (que no aparenta) y lleva 60 años en el monasterio; pero lo más llamativo es la sensación de paz (y por qué no, de felicidad) que irradia. Aunque solo haya sido por conocerla, ha merecido la pena la visita.

El día se va a apagando y todavía nos queda visitar Sahagún, en concreto la parroquia de San Lorenzo, El Arco y San Tirso. Del monasterio benedictino de San Benito sólo queda un gran arco de entrada y una de las torres menores. Las iglesias de San Lorenzo y de San Tirso corresponden a lo que se ha llamado “románico de ladrillo”. Los artistas trajeron de la España musulmana el arte mudéjar (utilización del ladrillo en vez de piedra) que dio lugar a los célebres monumentos de Sahagún. La iglesia de San Tirso (siglo XII) es de estilo románico, construida en ladrillo excepto la parte inferior del ábside central, es la muestra más lograda de este tipo de construcción en Sahagún. La iglesia de San Lorenzo (siglo XIII) tiene unas arquerías que imitan los arcos de herradura musulmanes. La luz no es suficiente y tendré que volver mañana a terminar la sesión de fotos.

Como ya he dicho, no apetece hacer la cena en el frío albergue, así que entramos en el Hostal La Codorniz, frente al albergue, donde echaremos unas partidas de guiñote antes de entrar a cenar. Después, rápidamente a la cama embutidos en nuestros sacos y tapados con una manta. La primera jornada ha terminado.

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