CONGELAR LA DANZA

Asistí ayer, un poco sin saber qué iba a ver, a un espectáculo de danza contemporánea llamado DIGITAL BUTOH, que explora, de forma conjunta a la luz y una serie de proyecciones, a cargo de Eric Demay, un artista con una gran capacidad para transmitir a través de su cuerpo. La danza Butoh, creada en el Japón de la postguerra por Tatsumi Hijikata y Kazuo Ohno, como forma de expresión contra la intervención estadounidense, vuelve a estar en auge desde hace unos años.

Pero ¿qué es el Butoh?1 Es una disciplina escénica que transita entre el teatro y la danza, y que permite al ejecutante manifestar su interior. Como explica el crítico de teatro Agustín Letelier, quien vivió en Japón durante 13 años: “El Butoh requiere manejo de técnicas de expresión física corporal, extrema fuerza y concentración espiritual, pero no exige una forma definida, importa proyectar las fuerzas interiores del espíritu y del cuerpo y producir movimientos que expresen un sentido.

Es distinto en cada oportunidad para un mismo intérprete en una misma obra, y con mayor razón puede ser distinto en diferentes lugares y en diferentes tiempos”. La mirada del Butoh va hacia el interior del ser humano, apostando por el estado y la intención. El cómo, la forma y el escenario pueden cambiar, ser más o menos despojados o espectacularizados, más o menos coreografiados, más o menos danzados. Muchos artistas, como el reconocido bailaor español Israel Galván, lo usan como entrenamiento, y Vangeline, francesa residente en Estados Unidos que vendrá al FIBUTOH, lo aplica en una cárcel de mujeres hace una década: “En ese contexto, el Butoh se convierte en una herramienta transformadora que rompe barreras y paredes”.

Una vez corta-pegada la definición de esta disciplina, queda contar que, viendo en directo esta representación, tuve la sensación de que, ante mí, se estaban desarrollando algunas de las escenas más fotografiables que había visto últimamente. Mucho más incluso que los conciertos, que, por supuesto, son para mí momentos de una estética potente a la hora de tomar fotografías.

Se podría pensar que un vídeo reflejaría mejor lo que estaba ocurriendo en escena. Pero no, a través del visor de la cámara, jugando con encuadres y velocidades, la plasticidad del cuerpo, el juego con las proyecciones, la interacción con la luz. Todo sugerían una imagen estática, una foto fija que congelase un instante y no el anterior, ni el posterior. De alguna manera, una obra ajena a la propia obra se iba creando en el sensor de mi cámara al apretar el disparador.

Y ahí, justamente, ahí, radica el concepto de congelar el instante. Crear algo a partir de otro algo que existe o que está siendo creado a la vez. Una de las partes más mágicas de la fotografía. Lejos de la pretenciosidad de “el instante decisivo”. Al apretar el disparador, mientras Eric Demay se movía entre las proyecciones, era consciente de la importancia de elegir bien cual era el instante a congelar y por qué ese, y no otro.

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https://www.laregion.fr/demay-eric

Cosas que ya no hacen punk. (A propósito de Michael Grecco).

El movimiento punk, que en Inglaterra no tuvo discusión alguna, existía y punto, dio lugar a un punk, a veces descafeinado, a veces adulterado, que poco o nada tenía que ver con el movimiento origina. El punk surge a finales de 1970 en Inglaterra como un movimiento musical y cultural. El nacimiento de este género aparece como una mera rebelión al rock industrial de la época.

Un punk que no sólo se adscribía a un género musical, sino a una forma de vida. No hace mucho, Tomás González Lezana publicaba un libro que resumen bien la situación “Punk, ¿pero qué punk?” (La Fonoteca, 2016). Cierto es que en España hemos tenido grupos como La Polla Records, Kortatu, Cicatriz o Subterranean Kids, pero, el verdadero punk estaba ahí fuera.

En primera línea, testigo de lo que se vivía sobre los escenarios internacionales, el norteamericano Michael Grecco, cuya obra “DAYS OF PUNK” se expone actualmente en La Térmica (Málaga) tomó una serie de imágenes que nos dan una panorámica muy certera sobre el ambiente que se vivió alrededor del punk. Hoy por hoy, algunas de estas escenas serían tachadas de “políticamente incorrectas”. Es ahí, viendo de cerca la libertad con la que los grupos que pasaron ante su objetivo, cuando me planteo cuánta libertad de expresión hemos perdido en general y especialmente, cuando vamos a un concierto de punk y nos encontramos con que, hoy en día, todo está bajo el dictamen de una corrección que cercena, en cierta medida, la creatividad y la expresividad del artista.

Pasado por el tamiz de la censura, las cosas, en general, ya “no hacen punk”. Es cierto que en algunos conciertos las cosas se desmadran. Que, incluso en pandemia, algún grupo desparrama cerveza directamente desde su boca a las cabezas del público y, quizás esto, sea lo más arriesgado e inconformista que se puede ver en la actualidad, más por motivos de salubridad, que por otras cuestiones.

Pero el punk no fue sólo eso, una rítmica acelerada y unas letras reivindicativas tenían que ser caldo de cultivo para una expresión corporal acorde con lo que se interpretaba. Desnudos, masturbaciones, performances, meadas o actuaciones donde se traspasaban todos los límites del “decoro” eran normales y habituales en los escenarios. Sexo, drogas y rock’n’roll. Era la máxima y se llevaba al extremo en todos los sentidos.

Muchas escenas, que Michael Grecco captó en los años de máximo auge del movimiento, no volveremos a verlas en directo porque hoy, difícilmente, se van a aceptar como normales. No sólo las etiquetas de la corrección, sino las de igualdad, las que condenan (acertadamente) la violencia y tantos otros condicionantes que modifican, de alguna manera, la creatividad del artista, sea este de la rama que sea.

La autocensura incluso, primer filtro que pasa el artista al enfrentarse a la obra, ya está haciendo cambios sobre el resultado final de la misma. Pero, en la actualidad ¿podemos crear una imagen completamente libre por muy extrema que pueda parecer? En directo, difícilmente, ya que lo que hoy vemos en los escenarios no se parece en absoluto a lo vivido en los primeros días del punk. En cuanto a una imagen creada ex profeso, poder, se puede. Asumiendo el riesgo de la censura (sí, aún se censuran artistas aunque nos parezca increíble), asumiendo el riesgo a una mala crítica, asumiendo el riesgo al fracaso incluso.

No es que el arte, como arte, necesite de imágenes crudas y realidades que preferimos no ver. Es sencillamente, que el artista debe poder elegir cómo lleva a cabo su obra, cuál es su discurso, cuál su aspecto final. Y eso, en estos días que ya no hacen punk, no estoy segura de que sea posible.

https://www.modernrocksgallery.com/michael-grecco

https://latermicamalaga.com/la-historia-del-punk-rock-en-manos-de-michael-grecco/

https://www.eldiario.es/andalucia/malaga/michael-grecco-fotos-captaron-esencia-intima-salvaje-punk_1_8719310.html

La patata de Brassaï

En fotografía, me explicaban, como parte del temario en curso, que hay que huir de los juicios de gusto. No juzgamos una obra de arte basándonos en nuestros gustos personales, sino en una serie de cuestiones, completamente objetivas, que están relacionadas con la historia del arte y lo que podemos conocer sobre el área artística en la que se enmarca la obra en cuestión.

En este caso, una patata. No una patata cualquiera. No una de esas patatas que han pasado un cribado y han sido elegidas para estar en un saco de patatas lo más iguales posibles entre sí. Las más lisas, limpias y brillantes. Sino la patata de Brassaï.

No conocía la obra de este autor, aunque supiera quién fue, hasta que visité ayer su exposición en el Museo Picasso de Málaga. Su nombre, realmente, es el pseudónimo de Gyula Halász (1899 – 1984), un fotógrafo húngaro que desarrolló buena parte de su carrera en París y cuyas fotografías de “la ciudad del amor” le hicieron famoso.

Hablar de este fotógrafo es pensar, sobre todo, en sus escenas nocturnas de París, que es lo primero que encontramos al documentarnos sobre él. Pero, sobre todo, es abrir la mente a un surrealismo fotográfico en el que, influenciado por su relación con los artistas surrealistas de la época, entre los que se encontraba Dalí, se atrevió a buscar una forma de hacer arte, desde la fotografía, con una perspectiva casi mágica.

Al comenzar la exposición, sorprende especialmente que en el fondo, desde los pioneros a nuestros días, una serie de “lugares comunes” pueblan el imaginario artístico de quienes miramos el mundo a través de un objetivo. Aunque de forma obligada hay que pasar por su “París nocturno”, es justo comentar que a ese trabajo llegó a través del encargo de Charles Peignot, cuyo resultado, fue un libro, que se exhibe en el museo, publicado en 1932. Este libro llamó la atención por la modernidad de su diseño en el que podemos ver páginas sin márgenes, una sucesión de escenas que componen un rico paseo por ese París tan fotogénico y sus ricos fotograbados.

A raíz de sus visitas a ese París, llega su interés por lo que él denominó “Plaisirs”, donde podemos ver prostitutas, personajes de la vida nocturna parisina y otros que vivían de forma más o menos abierta la peculiaridad de sus vidas, ligadas casi siempre a la noche y al “Folies Bergère”, desde donde tomó algunas de sus mejores fotografías con esta temática.

Su interés por los grafitis, los dibujos grabados, a veces sólo arañados o esbozados en la pared, le convierten en precursor de todos los artistas urbanos que se sienten atraídos por la versión contemporánea de los mismos y acuden a ellos como protagonistas o complementos de sus instantáneas. Como acumulador de objetos que era, su atracción por lo abandonado le otorgó una visión rabiosamente moderna por la plasticidad que podían transmitir estos objetos una vez fuera de contexto. Llama la atención, por ejemplo, cómo explica él mismo en un vídeo que se puede visualizar in situ, lo poderosamente atractivas que resultaban para él unas suelas puestas a secar por un zapatero (que él asimiló morfológicamente a máscaras tribales) o unos cristales rotos que, para él, representaban personajes negros que se le revelaban a él como quién ve animales entre las nubes.

La revista “Minotaure”, los relevantes personajes a quienes tuvo la suerte de retratar entre los que me pareció deliciosa la fotografía de Simone Beauvoir, pero también las de Pablo Picasso, Salvador Dalí, Henry Miller (quien apodó a Brassaï como “El ojo de París”), Pierre Reverdy, Jacques Prévert, Henri Matisse y Léon-Paul Fargue, entre otros. Sus capturas de la famosa Nuit de Longchamp, los lugares, las calles, los cuerpos femeninos.

Lugares comunes, como ya he mencionado. Pero ¿una patata? ¿qué pasaría si yo entregase la foto de una patata dentro de uno de mis trabajos como aprendiz de fotógrafa? ¿Arte? ¿Caradura? ¿Homenaje? ¿Tomadura de pelo? Ahí es donde, lejos del juicio de gusto (y también de el de valor) hay que reflexionar sobre el arte, la originalidad, la emulación a través de un nuevo punto de vista. ¿Acaso no sería igualmente artístico un conjunto de patatas exactamente iguales como metáfora de la alienación colectiva?

Al fin y al cabo, el arte nace en el ojo del fotógrafo, a través del encuadre elegido, de su capacidad para mostrarnos la parte del mundo que nos quiere dejar ver. ¿Qué habría alrededor de esa patata cuando fue tomada esa fotografía? Eso, que no voy a poder averiguar nunca, es lo que realmente me fascina del acto único y exclusivo de pulsar el disparador de una cámara. La capacidad para elegir, tras haber reflexionado sobre ello, el punto de vista que vamos a darle al mundo. Por eso, y por otras muchas cuestiones que alargarían mucho esta reflexión, a mí Brassaï, me ha llegado a la patata.

Redactor: María Villa

Pequeña Webgrafía sobre Brassaï:

https://www.museopicassomalaga.org/exposiciones-temporales/brassai-expo

https://www.xatakafoto.com/fotografos/brassai-el-ojo-de-paris-fotografo-de-la-noche-y-el-graffiti

COMO ANÉCDOTA:

La fotografía de una patata más cara del mundo:

https://verne.elpais.com/verne/2016/01/29/articulo/1454080030_470685.html

Fiesta Bella Kurva con Dreyma, Pacosan y Haixa (Granada) 09/03/2018

El bar granadino Bella Kurva está de aniversario en estos días (una década poniendo tapas y música en Granada) y lo celebraba el viernes en Planta Baja con un cartel tan alternativo como ellos mismos. Por un lado, abría la noche Haixa, el nuevo proyecto de Javier Bolivar (Aurora), a los platos para empezar a meter en ambiente a los que llegaron más puntuales a la cita.

Tras él, las malagueño granadinas DREYMA, que recientemente ha sido nombrado como grupo revelación 2017 por Radio3. El dúo, en el que escuchamos a Cris (guitarra y voz) y Mel (synthe,  y voz) se estrenó con mucha espontaneidad en el uso del octapad (bautizado como Octavio), lo que demuestra su inquietud por seguir probando cosas e introduciendo nuevos matices tanto en su sonido como en su puesta en escena, aunque les dio algunos problemas en directo, que solventaron con la misma espontaneidad que muestran en lo que hacen.

Con una trayectoria corta pero intensa, ambas se han hecho un hueco casi de inmediato en el panorama musical, viéndose su confirmación durante este verano varios festivales. De difícil adscripción musical, definen su propia música diciendo que “hacemos lo que de verdad nos da la gana”, lo cual suele ser síntoma de frescura y naturalidad.

Cerraba la noche Pacosan, desde Garraf, con su psicodelia de corte pop-electrónico y bien respaldados también por la confirmación de su presencia en varios festivales para este verano (como el Vida Festival) presentando su trabajo ”Sour Mood”  grabado con Ken Stringfellow (The Posies) y publicado por  Ondas del Espacio en 2017.

Un trabajo que supone la evolución de una banda que ya tenía experiencia con los anteriores proyectos de origen de sus tres integrantes, como El Petit de Cal Eril, The Lions Constellation, Ly o Shorebreak y que sin dudas es de lo mejor que han facturado hasta el momento.

Una noche para dejarse llevar por el ambiente festivo  propicio para el baile y el buen rollo imprescindible en cualquier celebración, especialmente si esta es el aniversario de uno de los muchos sitios activos e implicados en la vida cultural de una ciudad que siempre tiene cosas nuevas e interesantes que ofrecer, como es Granada. Larga vida a Bella Kurva y a por otros diez más como mínimo.

Crónica y fotos: María Villa

AL OÍDO: Niños Mutantes en Teatro Martín Recuerda (Pinos Puente-Granada) 03/03/2018

Por segundo año consecutivo, tras el éxito de la pasada edición, el ciclo de acústicos “Al oído” volvía el sábado al Teatro Martín Recuerda de Pinos Puente (Granada) con una apertura de lujo a cargo de los granadinos Niños Mutantes. Volvían así, tras comenzar también la primera edición con un grupo de la tierra (Napoleón Solo), a poner de manifiesto desde su organización su compromiso con la música granadina y con la cultura y la música en general.

Original, por su formato y el enfoque que dan a estos acústicos que se llevan a cabo en teatro, con un público sentado (hasta que se pone en pie para bailar con el grupo) y por lo que obliga a los grupos invitados a trabajar sobre sus propios temas para hacer de su actuación algo “acústico, pero no ñoño”, como explicaba el sábado Juan Alberto (voz).

Acústico, pero con banda completa y ampliada (a Niños Mutantes se incorporó para la última gira el napoleónico Alonso), con mucha inventiva a la hora de dar una vuelta a los temas de su “Diez & medio”, con el que pudieron jugar y experimentar con una audiencia muy rejuvenecida (siempre es un lujo, que saben aprovechar los padres, que los grupos toquen un en sitio donde se permite entrada de menores) que se implicó en el propio espectáculo dando palmas y cantando en sus temas más conocidos.

Para darle interés al formato, Niños Mutantes jugaron magistralmente con las posibilidades de unas percusiones en las que no se echó de menos la batería completa, con la solvencia de Nani Castañeda que supo sacar buen provecho de todos los elementos situados sobre el escenario para construir una base rítmica potente que aportaba variaciones muy interesantes sobre los temas. Junto a él, los elementos eléctricos de manos de Andrés López y Miguel Haro (guitarra, bajo), a los que se añadieron teclados y clarinete al que Alonso sacó todo el partido, se encargaron de arropar la acústica y voz de Juan Alberto que trasmitió su entusiasmo por actuar ante un teatro con las entradas agotadas y tantos niños entre sus filas.

Momento reivindicativo, muy necesario en los tiempos que corren, cuando llegando al final de su actuación Niños Mutantes pidieron al público que se dejara llevar y se pusiera en pie para acompañarles al cantar “La voz”, símbolo de una libertad de expresión que comienza a peligrar en nuestro país y que defendieron con el ímpetu de un estribillo que sonó casi a himno “pero tendrás la voz, la voz / para gritar, la voz, la voz”.

El final, tan apoteósico como ese momento compartido con el público, con el bis que contenía el que quizás sea su tema más conocido “Errante”, un tema imprescindible en cada una de sus actuaciones, con el que se marcharon tras sentir cómo el público se volcó para cantar con ellos ese último tema, tras un espectáculo original y bien conformado, una vuelta de tuerca de sofá y voz “al oído” con el que llenaron la tarde del sábado en un festival que está apostando por la cultura musical y la accesibilidad de estos espectáculos para todos los públicos.

Crónica: María Villa
Fotos: J.M. Grimaldi

Los Deltonos en Planta Baja (Granada) 02/03/2018

Acababa de empezar el concierto de Los Deltonos en Planta Baja cuando, al finalizar el primer tema, se escuchó entre el público “es que Los Deltonos son una apuesta segura”. Quizás por eso, el público, fieles seguidores granadinos que ya les habían visto en todas sus anteriores visitas a la ciudad, se situó desde el comienzo en las primeras filas para disfrutar de cerca la contundencia y el empaque de un grupo que, desde el principio, tuvo un sonido propio que han sabido conservar y explotar disco tras disco.

Un total de diez discos (sin contar EPs, mini LPs, sencillos, reediciones y demás formatos) en algo más de treinta años de una fructífera carrera que además han alternado con proyectos en solitarios, sobre todo de su líder y vocalista, el berlinés Hendrik Röver. Muchas inquietudes para resumirse en una sola banda le llevaron a probar suerte con otras posibilidades (como su proyecto Hank) para retomar Los Deltonos incluso como nombre homónimo para el último trabajo que han facturado los cántabros, solvente y definitorio de su sello de calidad personal.

Entre el blues y el rock’n’roll de impecable factura, Los Deltonos salieron al escenario de Planta Baja entre ese buen puñado de incondicionales que esperan cada aparición del grupo para congregarse como fieles parroquianos comentando, a veces en exceso para el gusto de los que preferían escuchar con más atención, los recuerdos que acumulan sobre el grupo y las veces que han tenido oportunidad de verlos.

Con un sonido siempre perfecto, realzado además por la capacidad técnica de la propia sala, su puesta en escena, de rockeros clásicos y de impecable trayectoria propia de una banda de su contundencia. Y es que, la banda de Hendrik Röver, Fernando Macaya, Pablo_Z y Javi Arias ha sabido mirar hacia atrás en su propio sonido y volver a dar lo mejor de sí mismos con la seguridad que da militar en una de las bandas nacionales más consolidadas, de esas que, fuera de este país ingrato, estarían llenando estadios.

El show, con una batería de temas que recorrió su larga y compleja historia musical, no dejó al público con las ganas de chocar las botellas al son de “Brindemos” y regalar dos tandas de bises en un espectáculo que había ido de más a mucho más (aquí no nos cabía un de menos a más porque la intensidad siempre fue in crescendo) y que concluyó rozando la media noche de un día lluvioso y desapacible, encontrando el calor ideal al abrigo de una sala y de un público animado al baile y a la siempre sana costumbre de compartir cerveza y rock’n’roll.

Crónica: María Villa
Fotos: Enrique Arias

Las Robertas + The Ghost Wolves en Planta Baja (Granada) 22/02/2018


Serpiente Negra cambia en esta ocasión su registro musical para volver a sorprender con un concierto que, si bien no es lo que habitualmente llena sus llamativos carteles (tanto en lo físico como en lo musical) supuso una interesante propuesta para el inquieto público que sigue cada uno de estos sabiendo que bajo este sello va a encontrar el mejor rock’n’roll de este lado del Genil.

El “plato fuerte” de la noche, desde Costa Rica, unas Robertas que ya habían puesto al día a los oyentes de Rne3 la tarde anterior sobre los pormenores de la gira que les ha traído de nuevo a España presentando “Waves of the New” (The John Colby Sect / Burger Records / Buen Día Records) publicado conjuntamente por el sello español y el mexicano, y con el que han pasado ya por México, Costa Rica, Estados Unidos y parte de Europa.

El grupo, que ya pasó en 2011 por el Primavera Sound factura un garage de corte melódico en perfecta convivencia con el noise y el power pop configurando un sonido que, si bien no sorprende por originalidad (pueden recordar a otros grupos similares), sí ha sabido asimilar lo mejor de sus fuentes para configurar su propio estilo y ahí es donde radica la atracción que despierta este trío, en haber conseguido una apropiación -no indebida- de lo que ya se estaba haciendo para refrescarlo y darle su personalidad.

Aunque les costó un poco desmelenarse, de hecho hasta el final no las vimos dejarse llevar del todo, Las Robertasdemostraron que se puede llamar la atención por el buen hacer musical especialmente en la recta final de un setlist que fue girando hacia un surf más underground, psicodélico y bailable para rematar su concierto dejando muy buen sabor de boca tras su demostración de talento para hacer versiones o su personal homenaje a Lou Reed con  “I Wanna Be Like You, Lou”, último corte de su disco.

Eso sí, antes de que ellas ocuparan el escenario, The Ghost Wolves habían sido un disparo a quemarropa, un puñetazo de fuzz en mitad de la cara y una lección de actitud y capacidad de hacer un concierto de elevada intensidad con dos acordes y mucho ruido. Eso sí, imprescindible, para conseguir ese shock traumático-musical, la contundencia y precisión de una batería que marcó el pulso de un repertorio de pocas variaciones musicales pero mucha tensión sobre las tablas.

El dúo, formado en Austin (Texas) en 2011 por Carley (guitarra) y Johnny (batería) empezó de forma muy modesta y sin pretensiones con intención de tener un grupo de punk-blues cuyo objetivo principal era tocar “muy alto”. Y digo si lo consiguieron, anoche, en Planta Baja, salvajes y desatados hicieron todo el “ruido” que se puede hacer con una guitarra (sus correspondientes pedales) y una batería.

Claro que, la personalidad arrolladora de una Carley dinámica e indomable nos mostró anoche cómo el lobo puede esconderse bajo la piel del propio lobo y facturar un espectáculo donde Debbie Harry, Nick Cave o The Cramps conviven en la menuda pero poderosa figura de Carley, maestra de ceremonias inquieta que coquetea con un blues irreverente con el que juega y experimenta para conseguir un sonido propio en el que tienen cabida hasta los preset electrónicos con los que Johnny añade matices y complejidad a los temas mientras marca de forma sólida el ritmo, demostrando las tablas que se acumulan como batería junto a leyendas como Greg Ginn o Junior Brown.

Nos marchábamos así, con el blues y la psicodelia en el cuerpo, sorprendidos por los texanos y en espera de la próxima sorpresa en forma de serpiente, siempre oscura, siempre negra que seguro nos volverá a hacer bailar a pie de pista sin dar crédito, a veces, a lo que sucede sobre el escenario.

CRÓNICA: María Villa
FOTOS: David Moya (1) / Enrique Arias (2, 3, 4 y 5)

El altar del Holocausto en BoogaClub (Granada) 17/02/2018

Como penitentes en procesión, con BoogaClub sumergida en la oscuridad y el Réquiem de Mozart sonando con fuerza, la apoteósica salida de El Altar del Holocausto debe haber copado las redes sociales a juzgar por la cantidad de móviles que recogieron el litúrgico momento que sirvió de intro a esta banda de post metal-doom-experimental que se auto adscribe a Jerusalén como ciudad de origen (aunque son salmantinos), se describen como católicos  y portaban una maltrecha cruz de guía desde camerinos hasta el propio escenario.

Así comienzan, al menos en Granada, los espectáculos de una banda que ha encontrado en su peculiar atuendo que no, no se parece en nada al del Ku Kux Klan, aunque parte de los asistentes al concierto lo afirmaran. Lo que está claro es que saben explotar el rollo penitente, la simbología pseudo cristiana y la contundencia de un doom metal que alterna momentos desgarradores con silencios incómodos para crear en el público un desasosiego muy propio de la propia liturgia.

De manos de Tras la Cortina, promotora que no se ciñe a un estilo musical, sino que sorprende con apuestas arriesgadas siempre originales y llamativas, El Altar del Holocausto llegó con sus atmósferas pesadas y oscuras en la que los silencios sepulcrales contrastaban fuertemente con la contundencia de unos temas donde las distorsiones reinan en la ceremonia que presenciamos sobre el escenario.

Un punto fuerte del grupo, la credibilidad que dan a toda la parafernalia escénica en la que siguen su propio argumento a pesar de que el público rompía algunos interesantes silencios con vivas a Fray Leopoldo o a la Blanca Paloma (esto último sí podía venir a cuento para los seguidores que hubieran leído su post en el evento creado para publicitar el concierto). Entre medias, gritos de “Hermanos” y la firme intención de expandir su credo a través de unos temas instrumentales con capacidad de crear el ambiente adecuado a todo lo que estaba sucediendo sobre el escenario.

Atentos a sus próximas estaciones de penitencia, al grupo hay que escucharlo en directo para entender que “algo tendrá el agua cuando la bendicen” porque, este tipo de conciertos, a veces es difícil de contar después de haberse vivido con intensidad y haber pecado, junto a ellos, “de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Tremendos.

Crónica: María Villa
Fotos: PerseFone

Sr. Chinarro en Taberna J&J (Granada) 08/02/2018

Dentro del ciclo de conciertos en el que, de enero a marzo, Taberna J&J ofrecerá conciertos muy variados los jueves, anoche fue el turno de Antonio Luque, o lo que es lo mismo, su alter ego musical, Sr. Chinarro. En solitario, frente a un público que había agotado entradas anticipadas y que completó allí mismo el aforo planificado para estos eventos por el local (unas 100 personas), un Antonio Luque armado de guitarra y buen humor comenzó uno de esos conciertos íntimos, especialmente por el formato acústico y cercano, en los que sus fans disfrutan no sólo de la música, sino de todo lo que es en escena Sr. Chinarro.

Vinculado a Granada desde que grabó “El fuego amigo”, elegido mejor disco español del año 2005 por Rockdelux. Un disco con el que dio una vuelta de tuerca a su música y entró en el circuito de un indie por entonces realmente independiente. Producido por J (Los Planetas), supuso, sin dudas, esa entrada en “la madurez” del músico. A partir de ahí Sr.Chinarro-Granada ha sido un binomio que ha funcionado a la perfección, hasta el punto de que actualmente su banda procede de aquí (ensayan en Sala El Tren, por más señas) y sigue facturando estupendos trabajos en esta Granada con la que tan buena relación tiene.

El último de ellos “El progreso” (El Sergell de Primavera, 2016), también ‘producto local’ con denominación de origen grabadas precisamente con esa banda compartida con Pájaro Jack y con J. nuevamente en la producción. Un disco registrado en El Refugio Antiaéreo, en el que también podemos escuchar la guitarra de Florent y la voz de Soleá Morente para no poner en duda su adscripción a esta tierra de extraño sentido del humor.

 

Con una amplísima producción musical, recogida en una buena cantidad de discos, tras echar “Unos cuantos balones fuera” afirma que “Quiero hacerlo mejor”. Y, quizás ahí, nos ponga sobre la pista sobre lo que puede ser su carrera musical de ahora en adelante, aunque ¿qué es hacerlo mejor cuando tienes cientos de canciones de letras cargadas de honestidad? difícilmente podrá hacerlo mejor que anoche, en contacto directo con un público que permaneció bastante atento (para lo que suelen ser los conciertos últimamente) y ante los que fue soltando, poco a poco, todas esas historias de vida y experiencia que ha llevado a sus discos.

Un repertorio bien elegido, aderezado con comentarios en tono humorístico, los consabidos bises y sensación general de haber asistido a un concierto bastante especial, poco más se le puede pedir a un jueves noche en Granada. Atentos a los siguientes conciertos, en Taberna J&J van a seguir ofreciendo conciertos muy interesantes. Por ahora nos quedamos con el éxito de afluencia que supuso tener allí a Sr. Chinarro, uno de esos clásicos contemporáneos que, donde va, triunfa.

Crónica y fotos: María Villa

The New Raemon en Planta Baja (Granada) 02/02/2018

El de Ramón Rodríguez es un proyecto de esos en los que se intuye que todo está muy pensado para que el resultado sea óptimo. Perfeccionista y singular, si bien comenzó con sonidos más pop (ayer mismo decía que “cuando haces pop, sí hay stop”), The New Raemon fue girando hacia un sonido más personal, que él mismo contaba, al principio no gustó y ahora gusta mucho.

Más relajado que en otras ocasiones que ha pasado por nuestra ciudad, anoche Ramón Rodríguez mostró una faz especialmente simpática, bromeando sobre distintos temas y acogiendo de buen grado las broma, a veces pesadas, de alguna gente del público (lo de pedirle la gorra repetidas veces por parte de un fan fue cansino) y contestando con gracia a quienes decidieron interactuar con él desde abajo.

No significa eso que no callase al público, supongo que esa es una de las cosas que uno sabe que va a pasar en sus conciertos, ya empieza a ocurrir también con otros artistas y los que vamos a los conciertos a disfrutar de la música lo agradecemos mucho, ¿por qué no decirlo?

Ahora, diez años después de dejar atrás Madee y el resto de proyectos que supusieron sus primeras incursiones musicales, The New Raemon llegó anoche para quemar la memoria, que es también una forma de repasar, revisar y darle una vuelta de tuerca a todos sus álbumes anteriores.

De prácticamente todos ellos escuchamos anoche temas, unos pocos (tres, según él mismo) alegres y otros cargados de esa melancolía tan personal de la que están hechos la mayoría de sus temas. Aunque, realmente, los temas no son tan tristes como él afirma. O quizás, desde fuera, todo el despliegue musical nos hace sentir alegres hasta los temas más tristones. Y es que ayer, a esa banda virtuosa y discreta que le acompaña con Pep Masiques (bajo), Pablo Garrido (guitarra), Salvador D’Horta (batería) y Marc Prats (teclado) se unió un impactante percusionista que forma parte de la banda en esta gira, el grandísimo Marc Clos, un músico que consiguió hacerse con la atención del público, especialmente de las primeras filas.

Le aporta Marc Clos todos los matices que se pueden conseguir con un músico capaz de tocar prácticamente a la vez xilófono, caja, platillos, todo tipo de percusiones de mano (se me escapa el nombre de toda la variedad que sacó a escena), una suerte de uñero hecho a base de semillas de gran tamaño, panderetas e incluso un riq turco y todo ello sin interferir en la base rítmica de un siempre certero y contundente Salvador D’Horta que también destacó por su maestría en la batería.

Maestría también, discreta y “silenciosa” la de Marc Prats a los teclados, una pieza imprescindible para conseguir el empaque y la compleja sonoridad que pudimos disfrutar anoche en un concierto en el que, naturalmente, la protagonista era la voz y la solvencia musical de Ramón Rodríguez.

No faltaron entre sus temas prácticamente ninguno de los que los fans piden en los conciertos, como “Oh, rompehielos”, “La cafetera”, “Sucedáneos”, “Reina del Amazonas”, “Lo bello y lo bestia”, “El fin de la resistencia” y otros muchos que forman parte de su historia musical. Y, aunque avisó con tiempo que no habría bises, sí dedicó una parte del concierto, él solo, con la acústica y tras volver a pedir silencio para poder escuchar esos temas que iban sin banda, a tocar su versión “Te debo un baile”, de Nueva Vulcano, de la que bromeó diciendo que, la canción por la que más se le conoce no es suya, aunque tiene cientos de canciones que sí lo son y una versión de McEnroe, antes de dar paso de nuevo a la banda y despedirse con un apoteósico “Tú Garfunkel” con el que cerraron un concierto de esos de los que te marchas con la sensación de haber disfrutado de verdad de buena música.

Crónica y fotos: María Villa